Nuestro campo de juego 64 casillas

Por Ignacio Pérez Meza

Atado de pies y manos me he encontrado, pero  he sido soltado por un rato. Aquel día mi hija mayor me había mandado desde temprano un mensaje: Deseo la pases muy bien en este día tan especial. Te quiero mucho, cuídate.

Pisos de mármol de suaves colores sobre enormes pasillos. Me encontraba en el tiempo de “mi hora” de comida por aquí y solamente me quedaban unos diez minutos para estar de nuevo en mi área de trabajo, vigilando, en uno de los cientos de accesos que  por aquí imperan.

Al caminar, a diestra y siniestra, diversos locales comerciales me saludaban con letreros muy llamativos: La Coste, Dockers, Jean Pierre, Aldo Conti, Lieb Tobaco, Guess, Roberts, Dorothy Gaynor, Sorrento, Sara Home, Florshine, sacappino colecction, Levi·s Store, Hugo Boss, etc.

Yo había ingresado por uno de los accesos principales, donde se ve en  una fachada de mediana altura el logotipo “El Globo”. Avancé unos cuantos pasos más, cuando de pronto ante mi vista estaba un violinista exhibiendo su magnífico arte musical con su gran compañero, el pequeño instrumento de cuerdas acariciándose por una “varilla”.

El estaba concluyendo una melodía que me figuró se trataba de: “Cómo han pasado los años”. Sasha Gryzlov, nacido en Rusia y actual integrante de la orquesta Sinfónica del Estado de México, Aquí Estaba. ¡Vaya, hasta que encuentro algo de cultura mexicana en este enorme recinto! que exhibe gigantescas fachadas hacia el Periférico- Boulevard Manuel Avila Camacho, y que desde muy lejos hacen lucir los letreros de: Sears, Liverpool, Palacio de Hierro, Sears y Costco, en esta parte de la Megalópoli.

Me detuve ante un modesto escenario, yo sin nada saber de él, y a su vez me encontré ante un largo atril que exhibía un material discográfico. Se acercó, igual cómo yo, curioseando, una pareja de septuagenarios de tez blanca y realizaron la compra de uno de los discos compactos quienes posteriormente externaron al autor de dicho arte musical: “a propósito nuestras más sinceras felicitaciones por el día del papá”, le dijeron.

Por mi parte la mirada la tenía detenida específicamente en uno de los estuches cuadrados de plástico con el sustantivo: Flor de Azalea. Y al instante  mi cerebro recordó la parte de la letra: …tu sonrisa, refleja el paso de las horas negrass, tú mirada la más amarga desesperación…

Observaba que el “cidi” numerado con el dígito cuatro, incluye entre otros temas: “se me hizo fácil”, “bésame mucho”, “sobre las olas”, “María bonita” y Juan Colorado. Así, en un de repente y en un intervalo, se me ocurrió preguntarle al sobresaliente músico de conservatorio, radicado en nuestro país hace cerca de veinte años, lo siguiente: ¿oiga, esta de flor de azalea es la que cantan Jorge Negrete o Los Panchos, en nuestro cine mexicano?.

“No sé de quien la canta, pero sé que su autor es Manuel Esperón, es una muy bella melodía, si gusta la toco para usted”, me respondió el ruso rubio de cabello lacio, aspecto joven, bajito, con un bigote y barba estilizados a la perfección, y con una voz clara y palabras serenas. Tal que le comparé su habla al de  un científico de cuando  intenta explicarle a gente ordinaria acerca de  alguna ley científica, y que se le escucha con una manera profética.

No daba yo crédito a su propuesta. Y muy contrariado afirmé a su fina atención, y le expliqué, breve, que no podría corresponder adquiriendo siquiera algunos de la media centena de “Cidis” ahí expuestos  (separados del uno al diez).

“No tiene porque, no es inconveniente”, más o menos, así le oí que me dijo el destacado músico, quien en otras ocasiones se presenta en Pabellón Polanco.

“Si gusta la toco para usted”. Reiteró. Acto seguido, dando la espalda, se dirigió a su espacio asignado y comenzó la melodía, insuperablemente acompañado con acordes grabados de piano. Y empezó a oírse el suave canto y dulce voz del inseparable e insuperable compañero, guiado con maestría por Sasha Gryzlov.

“… cómo espuma, que inerte lleva el caudaloso río; flor de azalea, la vida en su avalancha te arrastró…” retumbaron en mis tímpanos.

“No sé quién la canta, pero sí sé del autor”, pronunciaba en voz baja, a mí mismo, las palabras que me había dicho poco antes, mientras escuchaba la magnífica interpretación, magistralmente acompasados el uno y otro. Y me arrancó las lágrimas a cántaros que tuve que contener a como diera lugar “en mis adentros”, dada la cantidad de gente que pasaba por aquí, denominada de la clase media alta,  además de las contadas personas que se habían detenido, o sentado, a contemplar la actuación del músico, engalanado con traje negro. Recordé para mi, inevitable, la canción que he dedicado por décadas a la mujer que bien pudo ser la madre de mi único hijo. Se trata del mejor regalo –sin palabras- recibido en ese día, en ese día tan especial.

En los tan pocos minutos, infinitos, que me quedaban…